Los artistas que trabajan sobre la Peatonal San Martín aseguran que a la gente “le encanta presenciar el momento en el que se crean las obras”. Sostienen que los diseños surgen a partir de su imaginación
Sus dedos están llenos de pintura. La mirada, detenida sobre un lienzo en blanco que poco a poco va cubriéndose de formas y colores. La música que brota de una radio portátil ubicada al costado de sus piernas le da ritmo a cada mancha que luego se transforma en parte del paisaje que el artista callejero delinea a través de sus manos y su creatividad. Ni el frío ni el público logran intimidarlo y en pocos minutos, un rectángulo de cartón fino se convierte, delante de la mirada de excéntricos transeúntes, en una obra de arte apoyada sobre el suelo destemplado de la Peatonal, ideada a partir de los impredecibles límites de la imaginación.
Presenciar el momento en el que el artista expresa su talento es tal vez uno de los mayores atractivos entre las distintas ramas del arte. El público busca estar presente y se detiene cuando encuentra en su camino al artífice en plena acción.
Una ronda de peatones desprevenidos se forma alrededor de Antonio, uno de los tantos artistas callejeros que habitualmente trabajan sobre la Peatonal San Martín. Su nivel de creatividad para la aerografía plástica, arte al que define como “pintar a través del aire”, es lo que capta la atención del público.
Con esmaltes acrílicos en aerosol, papeles, cartones, molduras y el movimiento de sus dedos, el artista crea paisajes que surgen a partir de su imaginación. “Los diseños los voy sacando en el momento, con lo que surge a partir de la mezcla de técnicas y colores”, reconoce.
Así, a su lado yacen una decena de aerosoles, una guía telefónica con varias hojas desprendidas, pequeños trozos de cartón, cintas de papel y algunos moldes con restos de pintura. Todo, hasta los materiales más desconcertantes, le sirve para trabajar sobre sus diseños y mejorar el impacto visual que cada cuadro genera entre quienes se detienen a observarlo.
Desde hace casi una década Antonio se dedica durante todo el año a la aerografía plástica en Mar del Plata. Día tras día, de 14 a 20 aproximadamente, siempre que el clima esté de su lado, pinta con entusiasmo a metros de la fuente de la Peatonal y San Luis, vende las obras que crea en el momento y vive de la colaboración de los transeúntes.
Al término de cada pintura, sobre las que trabaja en silencio y con música de fondo, llegan los aplausos y el tiempo de premiar con una colaboración al artista. Pide a viva voz la ayuda (“con lo que cada uno pueda”) del público que lo rodea, sortea alguna de sus obras y comunica el precio de las demás por si algún interesado busca adquirirla.
Antonio asegura que “en general la gente tiene buena onda”, pero también advierte que “en invierno se hace difícil, hay que aguantar, parece que el bolsillo se pone medio frío”, mientras que “en verano, con todo el turismo, la gente colabora más”.
En minutos el momento de la colaboración termina y el artista callejero vuelve a arrodillarse sobre un improvisado almohadón para convertir a una nueva hoja en blanco en un paisaje con montañas, un bosque, una cascada, un atardecer, o bien un choque de planetas entre pirámides o árboles que parecen rozar la órbita lunar. A su manera, borra los límites de la imaginación y convierte en real lo imposible, a través de sus dedos.
“A la gente le gusta ver el proceso, estar cuando se crea la obra de arte”, asegura Antonio, quien a sus 43 años reconoce que sigue incorporando técnicas para perfeccionar su talento y alentar su creatividad.
Así, los gestos de asombro se repiten varias veces entre quienes observan mientras la pintura va tomando forma. Lo que en principio se presentó como una mancha, se trasformó en una cadena montañosa; una salpicadura desprolija, se convirtió en el reflejo del sol sobre el agua; una línea imperfecta, en el camino dentro de un bosque de fantasía.
El artista callejero improvisa sobre su propia imaginación y hace de sus aparentes errores, verdaderas obras de arte que, a bajo precio, pueden quedar en manos de peatones que no pensaban encontrarse en su camino con este atractivo espectáculo.
De acuerdo con Antonio “algunos valoran más que otros” lo que hace y “si hace frío la gente sigue de largo, pero si la tarde está linda se quedan mirando un rato largo”.
Sin embargo, nadie podrá negar su talento ni cuestionar su creatividad: ambas características quedan plasmadas en cada una de sus obras que reposan sobre cartones encima del cemento de la calle peatonal.
De su creatividad, de su mirada cauta y silenciosa, y de su poder de improvisación sobre deslumbrantes diseños desde la vía pública, surgen paisajes, formas y colores que adornarán luego las paredes de varios hogares familiares. Pero quien adquiera alguna de estas obras, cada vez que la contemple recordará entonces el rostro del artista, la confección de cada trazo y aquellos dedos manchados de pintura que logran superar los límites de la imaginación.
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