
Levantarse en la adversidad fue la principal virtud de este Alvarado. Sobró capacidad de reacción para reponerse ante los innumerables inconvenientes que le presentó el largo y sinuoso trayecto en la temporada.
Acaso esa sea la principal virtud de un grupo que nunca se dio por vencido y mantuvo siempre la ilusión de alcanzar la gloria, aún en los peores momentos.
Alvarado, a lo largo de su historia, se acostumbró a transitar caminos espinosos, con inconvenientes que trascienden los límites del campo de juego. Esta vez no fue la excepción.
No hubo graves problemas económicos, típicos hasta hace un par de años, pero las trabas aparecieron en otros aspectos.
Desde lo dirigencial, la desprolijidad fue una constante en gran parte del ciclo y quedó de manifiesto con el escándalo post triunfo ante Once Tigres, cuando el presidente Juan Zelaya terminó a las piñas con el entrenador Luis Murúa. Bochornoso.
En ese clima enrarecido y de incertidumbre, el plantel de Alvarado sintió -lógicamente- el cimbronazo, pero no se derrumbó.
También hubo lugar para un cambio de técnico a mitad de camino y para una racha adversa (tres derrotas al hilo) que lo dejaron al borde de la eliminación en el cuadrangular. Pero Alvarado se levantó, como siempre.
Más allá de su potencia ofensiva, probablemente este equipo no quedará en la memoria por su buen juego. Sí lo hará por su coraje y determinación para afrontar los momentos decisivos. En las instancias límites, Alvarado hizo gala de ese extraño cóctel de mística, agallas, corazón y “vamos pa' delante” que envuelve su historia. Esa fue la principal virtud que lo hizo alcanzar la gloria. Ahora, es tiempo de disfrutarla.
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