Leo Gutiérrez lo transformó en un trámite Las voces tras el fallo La sentencia, minuto a minuto Los incidentes dentro y fuera de Tribunales durante el juicio a Rodrigo Barrios Cuando la justicia no aquieta el dolor El 90 % de los trabajadores de la Universidad adhirió al paro Mar del Plata comenzó a recibir a los turistas de Semana Santa 12 muertos por temporal en Capital y GBA
NACIONALES |

 A 30 años de la guerra

03.04.2012 | 19:10 hs.

Una mirada argentina sobre las Malvinas

Aumentar Disminuir
Tamaño del texto
El informe especial que publicó Democracia.

Democracia, el semanario del Grupo Crónica, sacó a la calle un suplemento especial en donde el conductor del noticiero de Telefé, Rodolfo Barili, contó su experiencia durante el viaje. Imágenes y relatos

Todos deberíamos ir al menos una vez a Malvinas. Estoy convencido de eso. Qué bueno sería que todos tuviésemos la posibilidad de visitar las islas una vez en la vida. Es tan difícil contar lo que se siente estar en Malvinas. La mezcla de sensaciones hace indescriptible el viaje. Todo se mezcla aquí. La tristeza y el dolor del cementerio de Darwin. La angustia representada en cada una de sus tumbas. La frialdad británica ejercida por muchos de los isleños. El manifiesto rechazo de otros. El miedo y la intriga ante su inconmensurable base militar.

La bronca de la certeza soberana de este lugar tan nuestro y a la vez tan ajeno. Se siente ser extranjero como en ningún otro lugar del mundo siendo argentino en Malvinas. Tardé en aceptarlo. No es sencillo reconocerlo. Pero es así. No fui solo a Malvinas. Grandes dudas y una deuda periodística me llevaron a las islas en la última semana de febrero. La cámara de Marcelo Dell’Isola y la producción de Emiliano Lapolla completaban el equipo de Telefé Noticias. No estábamos solos. Luis Aparicio y Sergio Sánchez, dos ex colimbas que vivieron la guerra en carne propia en 1982 nos acompañaban en la travesía. Elijo esta palabra porque así planificamos nuestro viaje a Malvinas: un recorrido intenso sobre cada aspecto de la incursión militar, la búsqueda humana y periodística por descubrir y narrar aquella locura que dejó 649 víctimas y una herida aún hoy abierta en el gen argentino. Debíamos contar el ayer y teníamos que registrar el hoy de estas islas. Siete días: menos no se puede estar en Malvinas ya que los vuelos solo aterrizan y despegan los sábados. Y solo siete días: el “one way” estampado en nuestro pasaporte advierte que no se nos permitirá más tiempo de estadía.

Bienvenidos a la base

Uno no aterriza en Malvinas. Uno aterriza en la base militar de Malvinas. No es lo mismo, se los aseguro. Mount Pleasan es el aeropuerto ubicado dentro de la fortaleza bélica británica. Nadie entra, nadie sale, nada se mueve en Malvinas si no lo controla el ejército de Inglaterra. Sus 100 km2 transforman a este lugar en el mayor asentamiento de la OTAN en el sur del planeta.

Siento aquí que en verdad es esta base la real razón de la permanencia inglesa en las islas. Aquí entrenaron a soldados de varias de sus últimas incursiones bélicas en el planeta (Afganistán entre ellas), en los mismos terrenos en los que enfrentaron a los soldados argentinos hace 30 años. Su estratégica ubicación transforma a la base en el punto de unión entre los océanos Atlántico y Pacífico y la conectividad envidiable con la Antártida. Si alguna vez el agua es motivo de guerra en este mundo, Inglaterra tendrá una ubicación privilegiada para dar esa pelea. Nuestra tarjeta de arribo dice que nos alojaremos en el Hotel Malvinas House. La hemos llenado a mano arriba del avión que nos trae desde Punta Arenas previo paso por Santiago, también Chile, luego de haber partido desde el Aeropuerto de Ezeiza. A ojos británicos, grueso error hemos cometido.

El Hotel no se llama Malvinas, sino Malvina House. Esa “ese” final tachan con llamativo agrado los efectivos y civiles que nos reciben en el aeropuerto de la base. Tres controles de llegada en los que se toman el tiempo de explicarnos que se llama Malvina nuestro lugar de alojamiento porque ese era el nombre de quien fue su fundadora, pero que ni por remota coincidencia dicho nombre tiene que ver con la denominación argentina de las islas. Aquí hemos llegado a las Falkland Islands.

Será la primera evidencia concreta de que harán todo para que no nos sintamos en casa estando en las islas. Unos pequeños volantes escritos en inglés y en castellano nos advertirán que no debemos hacer “ostentación” de símbolos argentinos en las islas. Que la bandera argentina no está bien vista aquí y que, a pesar de que han pasado 30 años, la guerra sigue en carne viva en quienes hoy habitan estas islas. No necesitaremos mucho para darnos cuenta de ello durante nuestra estadía. Es extraño: estos pequeños papeles que nos entregan son el único texto escrito en nuestro idioma que veremos en las islas más allá del Cenotafio de Darwin donde están los nombres de los soldados muertos en la guerra. Ni el cartel de ingreso a dicho cementerio está escrito en español. Varios aviones, incontables hangares, baterías antiaéreas a paso del camino, camiones, decenas de tanques en fila, vehículos de todo tipo, altos y anchos alambrados de púas, torres de control, lo que parecen ser radares y antenas de comunicaciones… la enumeración no termina. Cuento lo que veo o puedo interpretar. Mi nula experiencia militar me impide relatar las especificaciones técnicas de lo que mis ojos observan en tan solo el trayecto entre la pista y la puerta de salida de la base. Si esto es lo que muestran, pienso, ¿cuánto ocultan? ¿O lo muestran para que pensemos precisamente eso? Por lo que sea no hay dudas del desmesurado despliegue militar británico en Malvinas, injustificable en una posible agresión argentina (como sugieren algunas de sus autoridades y no pocos habitantes). Dick Sowle es legislador. Uno de los dos hombres elegidos por el voto de los habitantes de las islas que habla nuestro idioma. Llamará "amenaza” a las políticas del Gobierno argentino para con Malvinas. Para él hay hipótesis de conflicto entre el territorio y las islas. Preguntaré asombrado si esa hipótesis de la que habla es bélica. No habrá una respuesta concreta a esa pregunta y elegirá discurrir en la caprichosa interpretación histórica acerca de quiénes tienen derecho a las islas. Ni los preparados para justificar la base parecen tener argumentos para hacerlo aquí en Malvinas. Los datos sobre la cantidad de soldados que hay aquí no son precisos, aunque nos aceptarán que más de dos mil personas se mueven dentro de esta fortaleza que obliga al gobierno inglés a erogar 150 millones de dólares anuales para su funcionamiento. Es que la base es una ciudad en sí misma. Cuenta con centro de entrenamiento y lugares de esparcimiento como no hay en el resto de las islas. La presencia militar es constante y por momentos acosadora. No habrá lugar al que vayamos en donde no nos crucemos con militares. Aviones y helicópteros veremos en el aire, naves anfibias surcarán la bahía y el puerto y uniformados recorrerán las calles en todo momento. Serán siete días en los que la presencia militar nos recordará quién manda hoy en estas islas.

La guerra está viva

En verdad no hay nada argentino en Malvinas. Es duro admitirlo. Solo los pertrechosde la guerra, los restos de la locura bélica asoman intactos sobre la tierra para recordarnos que alguna vez allí estuvimos los argentinos. El marketing bélico parece ser parte de la esencia de este pueblo que enarbola la autodeterminación discursiva pero tiene un gobernador británico que hace y deshace en las islas en nombre de su gobierno y Su Majestad. Los campos de batalla conservan las marcas de la guerra.

Abunda el óxido en las que fueron las trincheras de nuestros soldados. Enormes agujeros negros, donde 30 años después sigue sin crecer el pasto, son el fiel testimonio de los bombazos que precedieron a los ataques terrestres y los combates cuerpo a cuerpo. A pocos kilómetros de Puerto Argentino o Port Stanley yacen dos helicópteros alcanzados por los ataques de aviones Sea Harrier. Son parte de las 33 aeronaves argentinas que perecieron durante el conflicto. Lo que quedó de ellas está aquí, intacto, como si la guerra hubiese ocurrido hace pocos días. El fuselaje, las enormes aspas, las turbinas claramente identificables… No dejo de preguntarme al estar en este lugar por qué no las han quitado. Por qué las dejan a un paso del camino. Por qué 30 años después no se llevaron los restos de aquella locura bélica por la que, nos juran a diario, aún sufren los habitantes de estas islas. Comprenderé estando aquí que la guerra es también marketing para un pueblo guerrero como el británico. Ellos llaman al conflicto “la reconquista”. Y parecen no querer olvidarlo nunca. Esa guerra que para nosotros alejó aún más las islas es para ellos la razón de sus vidas. Desde entonces su economía se fortaleció y pasaron de ser ciudadanos de segunda a vivir en el lugar de mayor ingreso por habitante de América latina. Esa guerra los hace ratificar quiénes son y qué quieren seguir siendo: británicos. La guerra está hasta en los souvenirs que todo turista puede llevarse de Malvinas. Entre simpáticos pingüinos y referencias a la reina o al príncipe heredero abundan las tazas, imanes, llaveros y hasta billeteras con la inscripción “Danger Mines” (Peligro, minas), uno de los carteles más vistos en las islas advirtiendo de los campos minados que dejó el enfrentamiento entre argentinos e ingleses hace tres décadas.

El dolor de Darwin

Lastima estar en Darwin. El cementerio donde descansan los restos de muchos de los soldados argentinos abatidos en Malvinas duele. Encallado en la ladera de una pequeña colina, solo las cruces y el más agreste de los paisajes de las islas pueden verse. Son casi dos horas de viaje. A un par de kilómetros, antes de desviarnos del camino, un pequeño cartel caprichosamente escrito en inglés y con sus letras arregladas a mano nos advierte que estamos llegando.

Duele enormemente estar en Darwin. Estando aquí uno tiene la sensación de que nada más hay alrededor en las islas. El dolor puede verse además de sentirse. Es tan devastadora la gran cruz con las 230 tumbas en medio de la nada. No puedo parar de recordar que quienes están aquí abajo fueron arrastrados por la locura de una dictadura que buscó en la guerra su desesperada forma de perpetuarse. Miro a Sergio y a Luis y pienso que ellos también podrían estar aquí abajo. Ellos lo saben. Y me hablan de eso. Rinden homenaje a sus compañeros con el respeto y la humildad de quien pasó por el infierno y salió vivo de aquello. Por momentos siento que ambos vienen a rendir cuentas de lo que hicieron con sus vidas ante aquellos que nada pudieron hacer con ellas. Luis y Sergio narran historias de algunos de sus compañeros.

La de Dante, “Poroto” para ellos, cuyo nombre lleva hoy en homenaje a esos pibes una escuela en La Plata. La de otro compañero herido. Son muchos para recordar. Pero con nombre, aquí hay muy pocos. No todas las lápidas han sido identificadas en Darwin. La realidad contrasta. El largo cenotafio reza los 649 nombres de los soldados caídos durante el conflicto. Sin embargo 123 cruces no tienen ningún nombre. Son los desaparecidos de Malvinas. Sabemos que fueron, que murieron en la guerra. Pero no sabemos dónde están enterrados. Sus familias no tienen el lugar exacto donde llorarlos, recordarlos, dejarles una flor. Es llamativo lo que ocurre con estas cruces. Quienes pueden ver identificados a sus seres queridos los homenajean con rosarios y hasta fotos de ese ser perdido. Sin embargo en las tumbas que tienen la frase “soldado argentino solo conocido por Dios” abundan de a racimos esos mismos crucifijos. Me preguntaré estando aquí: ¿cómo se elige al azar un lugar donde llorar a un hijo? ¿Se puede optar? ¿Es justo que los familiares deban optar? Cualquiera de esas tumbas puede ser… Por eso en ellas el homenaje y el dolor se sienten aún más fuerte. El largo camino del ADN es algo que recorren asociaciones de ex combatientes y las propias madres de los soldados caídos en las islas desde hace mucho tiempo. Treinta años después de la guerra no tengo dudas de que la democracia argentina no puede darse el lujo de tener desaparecidos por Malvinas.

Una gran cruz con decenas de cartas, flores y homenajes varios ocupa el centro del cementerio. A la izquierda la imagen de la virgen de Luján. Tallados en mármol oscuro los nombres de los que se fueron. Darwin definitivamente es el lugar más argentino de estas Islas Malvinas. Y es el más profundo dolor el que aquí anida. Para los británicos que vienen pocos meses por trabajo, nuestro cementerio es parte del tour bélico a hacer en las islas. Confieso que me molestó verlos aquí, sacándose fotos entre las tumbas de los pibes argentinos. Eso también tiene la guerra: quien gana decide. Y quien ganó, decide y manda en Malvinas, mal que nos pese, son los ingleses.

La batalla de Longdon

Sentí haber tomado contacto realmente con la guerra cuando llegué al Monte Longdon. Aquí anida una batalla clave del conflicto en Malvinas. En este pequeño cerro a 700 metros sobre el nivel del mar se libró la madrugada del 11 de junio el choque que definió la contienda entre argentinos e ingleses. El lugar está a solo 14 kilómetros de Puerto Argentino. Quien dominase Longdon dominaba Malvinas. Y los británicos se hicieron de Longdon. Nadie esperaba un ataque de noche. No al menos la mayoría de colimbas que sembraban con sus almas el cerro y dormían cuando empezaron los gritos en idioma inglés, los estruendos de los disparos, los silbidos de las bombas. Los sorprendieron con miras nocturnas y un movimiento tijera que encerró a las desprevenidas tropas argentinas. La historia tendrá mil formas y dependerá de quién la cuente. Hay quienes dicen que el radar argentino detectó movimientos y que fue el jefe a cargo el que decidió no elevar el alerta. No podrá defenderse ese oficial, uno de los pocos que estaban en el monte esa noche en medio de una abrumadora mayoría de colimbas: fue muerto por las balas británicas. Otras versiones juran que jamás le avisaron. Que quienes monitoreaban el radar allí arriba estimaron que era una falsa alarma, como la noche anterior: nadie había dormido y los ingleses no habían venido. Pero esa noche sí llegaron. En la cima del Longdon había hambre. Los pibes de 20 años hacía días que no comían. Luis me cuenta que el día anterior al ataque engañó su estómago masticando un hueso que halló cerca de la trinchera de su jefe. Es que los jefes sí comían. Me indignó el relato de Luis. Si bien conocía estas historias, estar en Malvinas, en el lugar en que ocurrieron los hechos y escucharlo en primera persona por una de esas víctimas me provocaba una bronca difícil de describir. Le pregunté a Luis cuál era la trinchera de su jefe. Quedaba a un costado de la suya, a unos pocos metros. Fui y comencé a hurgar. Vaya si comprobé que era verdad. Había bastante más que un par de huesos. A tres décadas de aquel nefasto día hallamos lo que parecían ser los restos de un pequeño cordero. Llamé a Luis, buscamos juntos. “Estos comían”, gritaba entre risas confirmando lo que hace 30 años sospechaba. Como quien se ríe de una desgracia que sabe terminará con un definitivo alivio. Luego la risa le da lugar al silencio, al pensamiento profundo. Mi bronca se mezclaba con el dolor, con la pena más profunda de esa guerra desigual, de esa locura que se llevó vidas de cientos de argentinos. Miro a Luis y me pregunto cómo soportó aquellos días y cómo acepta con entereza la confirmación de esas injusticias. Estaré eternamente agradecido a ambos por la generosidad de relatarme sus historias, de poder acercarnos a la verdad histórica con sus vidas. Los argentinos necesitamos aceptar esas Malvinas para construir un futuro propio y soberano para estas islas. Luis fue tomado prisionero. Lo salvó hablar en inglés. En medio de culatazos de soldados británicos, cuando le querían arrebatar una cadenita de su pecho les gritó una frase en su idioma y logró que se detuvieran.

Junto a otros, que no hablaban más inglés que el del secundario, hicieron las veces de traductores entendiendo hoy que definitivamente fue ese el pasaporte que les permitió salir vivos de las islas. Sergio también pasó hambre. Como si estuviera con su cuchara hoy bajo la carpa en la que durmió durante 60 días, me narra la indigestión que le provocó comer grasa fría de oveja… era lo que había. En su guerra comer eso era todo un lujo, según me cuenta. Comprobaré la inexplicable falta de alimentos cuando me cruce con un ex soldado británico que vive hoy en Malvinas. Jura que durante meses comieron comida argentina enviada desde el continente que hallaron en innumerables containers apilados en Puerto Argentino. ¿Por qué no llegaba esa comida a los chicos? Es uno de los tantos dolores que aún depara Malvinas. La noche en la que el cuerpo de paracaidistas sorprendió a los soldados argentinos, Sergio salvó su vida al hacerse el muerto. Lo miro, lo escucho y no puedo dejar de pensar que tenía tan solo 20 años cuando le ocurrió eso. “Si nos ven nos matan”, le dijo a su compañero de carpa cuando advirtieron que quienes se movían al lado suyo eran ingleses. Ellos también estaban durmiendo cuando comenzaron a sonar las balas. Sergio escapó mientras Luis era tomado prisionero. Jamás olvidará a ese compañero herido que le pidió que lo matase porque no quería que lo mataran los ingleses.

Sergio corrió tres días hasta llegar a la ciudad, donde la rendición se olía en el aire y los soldados que venían del frente se tiraban sobre la comida que abundaba en el pueblo pero no en los campos de batalla. Sergio me acompañará a seguir el derrotero de Luis como prisionero. Fitz Roy primero. Esa noche dentro del corral de ovejas. Después iremos a la Bahía de San Carlos, por donde desembarcó el ejército inglés en Malvinas. Hasta allí llegaría el Canberra, el enorme buque inglés que los llevaría otra vez al continente tras el fin de la guerra.

Durante semanas ambos creyeron que el otro había muerto. Eran amigos. Habían hecho la colimba juntos. Y terminaron en el mismo lugar en las islas, sobreviviendo a la misma batalla. Pero a esa parte no la sabían. Hasta reencontrarse recién en tierra. Treinta años después se abrazan, se ríen, rinden honor a esa vida que hoy tienen. Y yo vuelvo a pensar en la locura de la Guerra de Malvinas. En los cientos de olvidados que no pudieron tener una vida tras su paso por las islas. Pienso en los 649 muertos y en los 1.300 que se calcula se quitaron la vida o se la entregaron a la droga tras Malvinas.

Una noche en Longdon

Luis y Sergio nos invitaron. Cómo decirles que no. Querían pasar una noche sobre el monte en el que sobrevivieron 60 días en Malvinas. Decidimos que el jueves lo haríamos: acampar, dormir sobre la montaña. Juro que durante todo ese día fueron varias las veces en las que dudé de la idea. Fue el peor día de los que pasamos en las islas. Aquí las cuatro estaciones del calendario pueden vivirse en un par de horas. No les miento. Es increíblemente extraño el comportamiento del clima. El sol sale con fuerza intensa y se va en solo minutos para dar lugar a un viento frío, a la lluvia luego o incluso al agua nieve en pleno febrero, en verano. Instantes más tarde volverá el sol mientras que a la distancia veremos un arco iris que no promete el fin del mal tiempo sino la llegada de otra lluvia. Así una y otra vez, varias veces al día. Las tormentas, tan fugaces como dañinas, no pudieron amilanar a Luis y a Sergio. Sin darme tiempo a la duda partieron caminando a las colinas. Atrás fuimos nosotros. Llevamos carpas, linternas, bolsas de dormir, ropa de montaña, mucho abrigo, bastante comida, algunos chocolates, algo de alcohol, mucho café. Estábamos preparados para enfrentar el mal clima. O eso creíamos. Grueso error: nadie le gana al frío aquí arriba. El viento sopló como en ningún otro día. El agua nieve fue constante. No había ropa alguna que pudiese parar el penetrante frío. Pero nada de eso detuvo nuestras ganas. La noche fue una ceremonia constante. Primero un improvisado asado.

Luego el fogón para homenajear a aquellas almas que no volvieron del monte. Allí saqué mi guitarra, la que cargaba desde Buenos Aires. El frío cortó la primera cuerda… Tras casi una década de no cambiar una, la reemplacé allí arriba antes de entonar canciones de aquella época o intentar hacerlo. Juro que atesoraré cada uno de esos instantes por el resto de mi vida. Allí estaban Sergio y Luis celebrando su vida, recordando la de aquellos que no tuvieron su misma suerte, entregándonos sus historias para mantener vivas esas otras que nos permiten conocer la dolorosa historia profunda de la Guerra de Malvinas. Faltaba dormir. Eso hicimos. O eso intentamos al menos. El termómetro ya marcaba cero grados y el viento se encargó de recordarnos que es él quien manda arriba. Casi no dormimos, claro. Cansados, ojerosos, golpeados por la falta de descanso nos despertamos esa mañana. Felices todos de la felicidad de Luis y de Sergio, de la nuestra, del desafío y del homenaje a aquellos pibes que perecieron aquí. El sol no pudo mostrarse temprano. Las nubes resistieron hasta media mañana, cuando se rindieron inexorables ante sus rayos. Nos abrazamos y aún hoy, al escribir estas líneas, siento la emoción de esa noche y su posterior mañana. “Teníamos 20 años y muchas ganas de vivir”, dirá Sergio usando la lógica para explicar cómo sobrevivieron hace tres décadas aquí sesenta noches, si la de hoy, tan solo una y en infinitamente distintas circunstancias, parece habernos dejados deshechos.

La consecuencia de la guerra

Cuando las balas y bombas se van de un campo de batalla la guerra sigue viva bajo tierra. Malvinas no es la excepción. Son 113 los campos minados que permanecen latentes en las islas. Los sembraron las Fuerzas Armadas durante el conflicto, suponiendo los lugares por los que llegarían los británicos. No hay un solo registro de que esos campos hayan servido para detener al menos por un tiempo al ejército inglés. Hasta este viaje tampoco se creía probable encontrar algún documento que demostrase la meticulosidad con la que los militares argentinos registraron la colocación de esos armamentos. Debíamos estar en Malvinas para toparnos con esos documentos. La revelación me sorprendió.

Documentos de la Armada Argentina son la hoja de ruta que utiliza la empresa británica Bactec para hacer el relevamiento de los explosivos colocados durante el conflicto de 1982. Los documentos a los que accedimos registran el tipo de bomba colocada en cada área, la distancia y profundidad de cada una de ellas y la consideración de los efectivos que realizaban la tarea de cómo había sido realizado el trabajo. Para encontrar esos papeles que se creían incendiados antes de la rendición debimos ingresar a un campo minado donde 18 trabajadores de Zimbabwe llevan adelante el peor y más riesgoso oficio del mundo: detectar y extraer cada una de esas bombas. Son ex militares que hicieron esta misma tarea en Chipre, Afganistán y otras áreas de conflicto del planeta. “Es buena y confidencial la paga”, dicen, justificando su trabajo pero sin dar detalles de los montos que perciben. Me reconocen haber visto a compañeros amputados por realizar su mismo trabajo. Les juro que no es una sensación simple caminar por el sendero seguro de un campo minado. Con precisión se debe ir detrás del guía. Salir de su camino puede significar un accidente. Con eso conviven estos hombres africanos que realizan la tarea que ningún británico estaría dispuesto a hacer. Andy Frizzel, nuestro guía, perdió el sendero seguro cuando regresábamos del campo minado a bordo de su camioneta todo terreno. Fueron solo un par de minutos en silencio, en los que este ex militar buscó recobrar la memoria interrumpida por el viento y la lluvia en plena tormenta en Malvinas. Volvió marcha atrás siguiendo su mismo equivocado rumbo hasta hallar las huellas correctas. Recién allí sonreímos, suspiramos aliviados de que se hubiera ido el peligro. No es grato moverse dentro de un campo minado. Definitivamente en él nada es seguro.

¿Dónde está la taza?

Buscamos tanto esa taza. Sabíamos que existía. Sabíamos que en Malvinas se vendía a los turistas y habitantes. El jarro en cuestión no es más que la expresión de mal gusto de un sector de los isleños. No todos actúan de esa forma, por suerte. Muchos nos ignorarán estando aquí, pero no habrá agresiones de ningún tipo. “No me interesa hablar con usted”, nos dirán en su cortés y frío inglés británico para demostrarnos que ni dirigirnos la palabra quieren. Pero no pasará de allí el por momentos desprecio. La mayoría será extremadamente educada y respetará nuestra tarea periodística. Juro que llegué a entenderlos a algunos de ellos. Pero claro, ver la taza duele. La confeccionó y se vende en el Victory Bar, el Bar de la Victoria. Es la taberna más hostil para cualquier argentino que pise Malvinas, donde más se exalta el triunfo bélico de 1982. Nos recomiendan no ir allí. Y eso hicimos. La compra pudimos realizarla la mañana del día en que partimos, ya que en el resto de los Gift Shop de la isla estaba “sold out”, agotada según nos dijeron. La polémica inscripción de la taza es un mapa en el que la República Argentina no está. En su lugar todo es mar, todo es océano. Según quienes la hicieron, ese lugar se llama “Mierda Sea”. Sí, la traducción correcta es Mar de… desperdicios. Esto también es parte de la realidad de Malvinas. Aunque no lo que abunda. Tan solo un ejemplo más para sentir cada día que estar en las islas duele. ¿Volveré? La pregunta se me hace inevitable cuando estoy rumbo al aeropuerto: ¿volveré alguna vez a Malvinas? Dicen que todo aquel que tiene la suerte de llegar hasta aquí alguna vez se pregunta lo mismo al irse. Yo aún siento que queda mucho por contar de Malvinas. Al planificar nuestro viaje periodístico pensé que siete días nos sobrarían y en nuestra búsqueda de historias por narrar terminamos sintiendo que nos faltan horas para seguir hurgando en ese pasado que nos permita entender el presente de estas islas. El dolor de la guerra aún viva a metros de curiosos pingüinos, los bellos paisajes, los restos hallables de la contienda bélica, el desarrollo económico y la depredación de los recursos naturales. El rechazo y la comprensión a los isleños. Todo se mezcla aquí. Es tan extraño lo que uno siente. Insisto, todos deberíamos tener la posibilidad de viajar al menos una vez a Malvinas.

Por Rodolfo Barili para Democracia

Comentarios

comunidad
Del.icio.us Digg Enchilame Facebook Flenk Fresqui Google Meneame MySpace Technorati Twitthis Yahoo
encuesta
¿Qué sentencia cree usted recibirá Rodrigo “La Hiena†Barrios?
Absolución
Condena por homicidio culposo (máximo 3 años de prisión)
Condena por homicidio con dolo eventual (de 8 a 25 años)

Copyright 2012 Alta Densidad S.R.L - Todos los derechos reservados - Director General: Alejandro Olmos - Director Periodístico: Oscar Ortiz

Inicio | Canales RSS | Depto. Comercial| Contáctenos | Quiénes Somos | Condiciones de Uso