
¿Qué menesteres llevaron a Lazarte hasta este final? Quizás el título mundial obtenido en el ocaso de su carrera lo confundió, y le hizo ver un nuevo amanecer, un renacer. Error. Toda una década dedicada a un sueño, una vida de trabajo, sacrificio, un ejemplo de vida, se hizo trizas en poco más de un año. Porque desde la humildad, Luis Lazarte forjó un molde, fue el ejemplo para muchos. Eso de no claudicar a pesar de las adversidades, de levantarse tras cada caída, lo transformaron en un ejemplo como ser humano, como deportista.
No fue campeón de la noche a la mañana. Todo lo contrario. Recién a los 39 años, con una historia de vida terrible, tan dura como injusta (sus padres lo regalaron al nacer y el padrastro lo golpeó durante la infancia), consiguió ser campeón mundial de la categoría minimosca de la Federación Internacional de Boxeo. La misma entidad que ayer le dio un golpe durísimo y generó que todo aquello que logró, se desvaneciera prácticamente a la nada. La FIB lo expulsó de por vida y no lo quiere cerca de un ring tras amenazar al árbitro de la contienda con el filipino Johnriel Casimero. “Vos querés salir vivo de acá”, le dijo Lazarte a sabiendas de que no ganaría esa batalla, pero desconociendo que sería la última.
Claro que todo se magnificó por los desmanes ocurridos tras la derrota consumada (por KO técnico en el décimo round) provocado por los “muchachos de Camioneros”, de los cuales no debe hacerse cargo. Pero lo que si le corresponde al barrendero es reconocer que deportivamente, tras su primera defensa debió retirarse, con la gloria. Después de arrebatarle el título a Carlos Tamara y defenderlo ante Nerys Espinoza debió irse. Lo que siguió, las polémicas peleas con Ulises Solís, rozaron el papelón boxístico. Ni hablar de esta última con el filipino. Por ello toma más fuerza el interrogante ¿con qué necesidad?
Ese error, es adiós dilatado, le costó muy caro. Tiró por la borda absolutamente todo. Y lo pagó con perpetua, de parte de la FIB. Todo se redujo a cenizas y pasará al olvido. En el mejor de los casos, para el público común, se lo recordará en sus peores demostraciones boxísticas y el bochornoso final de su última presentación. Por que Lazarte ya no boxeaba, peleaba.
Lógica y tristemente, como ocurre siempre en este y en la mayoría de los deportes, los amigos del campeón ya desaparecieron. O lo que es peor aún, esos mismos hoy son los “Ponzio Pilatos” que no hacen más que dar el último golpe al clavo que culminó por crucificarlo a la espera de un olvido menos doloroso.
Los argentinos somos frágiles de memoria a la hora de honrar a los héroes, a los campeones. Pero a la hora de levantar el dedo inquisidor somos los primeros. Con ese dedo hurgamos en las heridas más profundas. Ese mismo dedo que hoy condena y condenará a Luis Lazarte, siempre y para siempre.
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