
El 29 de enero pasado se cumplieron 15 años de la muerte de uno de los escritores más importantes de la literatura argentina
El humo del cigarro sube y se mezcla con el color ceniza del poco pelo que le queda. El Gordo fuma. Cala largas pitadas al puro que tiñe amarilla la piel de sus dedos y el contorno de la barba entrecana. El Gordo fuma y habla. De periodismo, de fútbol, de literatura y de Perón. De su vida, que es todo eso. Y más. Osvaldo Soriano fuma y no sabe que en el cigarro también acecha la muerte. Esa que lo atrapará vestida de cáncer de pulmón, el 29 de enero de 1997.
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Soriano siempre contaba la misma anécdota sobre cómo conoció a Jacobo Timerman, director de La Opinión. Trabajaba allí, en la sección Deportes, poco y salteado. Hasta que Timerman le dio un encargo concreto fuera de su sección: tenía que escribir la mejor crónica sobre Robledo Puch. El joven de clase media que había saltado a la primera plana de todos los diarios como asesino serial, cargaba en sus espaldas la acusación de al menos once crímenes. La Opinión no había escrito ni una línea sobre esto. Pero la noticia cobraba cada vez más relevancia y había que recuperar el terreno perdido.
Soriano supo que de nada servía ir en busca de una primicia. Ya no quedaba mucho por decir sobre el chico de rizos rubios. Por eso se encerró tres semanas en su departamento armado de cigarros y café. Tapizó la mesa y el piso con los artículos de los diarios sobre el tema. Esas fueron sus fuentes. Ese fue el material con el que El Gordo redactó la más bella crónica policial sobre el Robledo. Si algo faltaba para convertir a esa crónica en uno de los textos históricos de Soriano fue que se convirtió en la portada de la sección de Cultura de La Opinión.
Casi cuarenta años después el periodista Rodolfo Palacios se animó a escribir sobre Robledo. Su libro, El Ángel negro, está construido en base a una serie de entrevistas y una ardua correspondencia con Robledo. En uno de esos encuentros Palacios llevó la crónica escrita por Soriano. “Hasta a Robledo Puch le pareció fascinante esa crónica cuando le llevé una copia, aunque objetó un error de Soriano: él no era hincha de San Lorenzo, sino de River”, cuenta Palacios que no duda en decir que se sintió atraído por Robledo desde que leyó relato que Soriano escribió en 1972. “Sólo Soriano logró retratar a Robledo y a través de él a una sociedad. Esas escenas narradas en presente histórico podían prescindir de la sangre y del morbo al que recurrían otros medios. A Soriano, y ahí está su enseñanza, le interesaba contar otra cosa: la vida cotidiana de un joven que de un día para el otro no pudo parar de matar”, concluye Palacios.
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La taza de café está casi llena. Soriano bebé sorbos mientras fuma. También escribe. Por la ventana se cuela el débil resplandor de la luna. Escribe de noche. A la mañana, prefiere dormir.
Soriano da vuelta frases y palabra. Trata de armar el texto, pero algo le falta. No sabe qué. Lo cierto es que una serie de artículos que escribió sobre El Gordo y El Flaco le dan vueltas en la cabeza.
De repente un gato negro entró por la ventana de la cocina. Ronroneó un rato entre las piernas de El Gordo y se acomodó mirándolo con una rara expresión en sus ojos amarillos. Él “me trajo la noticia de que Philip Marlowe sería el detective de mi novela”, dirá Soriano cada vez que tenga que hablar de Triste…
Stan Laurel, Oliver Hardy y Raymond Chandler viven juntos en las páginas de Triste, solitario y final. A ellos está dedicada la primera novela de Soriano, publicada en 1973, es un homenaje a sus ídolos: El Gordo y El Flaco, y Philip Marlowe, el clásico detective creado por Chandler.
También será Marlowe el que le ayudará a encontrar el título: "Hasta la vista, amigo./ No le digo adiós. /Se lo dije cuando tenía algún significado. /Se lo dije cuando era triste, solitario y final", dice el detective en El largo adiós y Soriano no dudará en homenajearlo.
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El 6 de enero de 1943 Aracelis Lora Mora y Alberto Francua tuvieron en Mar del Plata su primer hijo. Lo llamaron Osvaldo. Creció junto al mar hasta que, a los 3 años el aire cargado de salitre cambió por el de las sierras de Tandil. El trabajo de Alberto como inspector de Obras Sanitarias hizo que la familia deambulara por el interior de la provincia de Buenos Aires.
La infancia errática de Soriano, la vida en los pequeños pueblos y la relación con su padre se convertirá en material narrativo y tomará cuerpo en al menos tres de sus novelas: No habrá más penas ni olvido (1978), Cuarteles de invierno (1980) y diez años después Una sombra ya pronto serás.
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Soriano fue uno de los tantos que se tuvo que ir después del golpe del ’76. Bélgica primero, París después fueron sus destinos en Europa hasta que volvió a su Buenos Aires querido, en 1984. En el exilio escribió para varios diarios del exterior. Pero se dedicó a corregir y tratar de editar No habrá más penas… No fue fácil. La novela relata el eterno dilema argentino de la izquierda y la derecha en torno al peronismo. Difícil de entender en el exterior. Sin embargo, dos años después de su llegada al viejo continente el libro veía la luz. En Argentina será editada y llevada al cine por Héctor Olivera en 1983, con el retorno democrático.
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A pesar de las fuertes críticas que recibió por parte de la Academia, Osvaldo Soriano ha logrado convertirse en un clásico de la literatura argentina. Sus novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león fueron publicadas en decenas de países y traducidas a más de diez idiomas. Soriano es considerado el último gran best seller argentino.
Hoy más que ayer
La influencia de Soriano en escritores y periodistas argentinos es algo que no se puede negar. Su estilo narrativo despojado y el foco en las realidades cotidianas son hoy elementos ineludibles tanto en el periodismo narrativo como en la ficción.
Sergio Olguín, ganador del premio Tusquets de novela en 2009 por su obra Oscura monótona sangre, se reconoce un gran admirador de El Gordo. “Todo lo que la crítica académica y estreñida le criticaba a Osvaldo Soriano es lo que más me fascinaba y creo que lo que más influyó en mí: su interés por el universo familiar y político de los personajes, la incorporación de la cultura de masas representada en él sobre todo por el fútbol, el gusto por lo popular y la preocupación por contar una historia atrapante. Soriano forma parte de una tradición literaria que de Arlt para aquí se hizo cargo de lo cotidiano y lo barrial para transformarlo en literatura”.
Por su parte, el periodista Rodolfo Palacios no dudó en considerar como “esencial” a la obra de Soriano. “Y no sólo me refiero a sus novelas, sino a sus crónicas, sobre todo las que publicó en Primera Plana y Panorama. Recuerdo una -que salió en Panorama en 1970- en la que cuenta la vida de las prostitutas de un cabaret de Salta y de una madama que las esclavizaba. Era el nuevo periodismo en su máxima expresión”, sentenció.
Y coincido que haberlo leído, además del placer que supo darme siempre, me alentó a hacer mi juego.
También el escritor Leonardo Oyola reconoce en Soriano parte de su devenir literario. “Yo me considero un escritor de novela negra que le debe a su formación tanto a los libros como al cine y a la historieta. Como Soriano. Me nutro y me muevo dentro de lo popular porque no puedo dejar de ser de donde vengo. "Na da hacerse el otro" como dicen los pibes”, explica Oyola, y a la vez aclara que no lo conoció a Soriano pero que “sí lo leí mucho. Y en sus historias, pero sobre todo en sus personajes, está esa gente que te susurra hacé lo tuyo”.
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