
La concepción de Joseph Nye en La paradoja del poder norteamericano define al “poder blando” como aquel que se consigue por medios culturales e ideológicos, es decir, a través de la persuasión. En cuanto al “poder duro” indica que se impone por medios militares o económicos, por la coacción y la fuerza. Por supuesto, los resultados son diametralmente opuestos en la efectividad que cada uno de los tipos de poder persigue a la hora de su aplicación.
Al momento de gobernar, el equilibrio entre un estilo de poder y otro, sea como fuere considerado el mismo -positivo o negativo-, se transforma en evidente para todos. En su discurso tras ser reelecta presidenta de la Nación, Cristina Fernández habló de la reciente reforma del sistema eleccionario argentino y de que la misma busca llevar “a los dirigentes políticos a realizar las propuestas, no para conquistar al electorado, si no para persuadir y tener convicciones”.
En los años de mandato kirchnerista, más allá del uso del “poder duro” y su bienestar económico existente para muchos; hubo un “poder blando” de convicciones y persuasión en impensados temas, justamente en la búsqueda de la conquista del clima social; ese termómetro compuesto por cada uno de aquellos que depositan su voto en una urna, acción a la que se le debe más significado de lo que habitualmente se piensa.
Y allí, varios de aquellos argentinos que no sabían en donde poner tanta tristeza una década atrás, destilando su dolor de cosas viejas, se encontraron con un despliegue político de índole, por así decirlo, reparatoria. Sin embargo, los datos cuantitativos no alcanzan para explicar la victoria oficialista, hubo mucho caudal cualitativo en el claro triunfo de CFK.
Entre las valoraciones que podrían enumerarse relacionadas si se quiere al “poder duro” están por un lado las ya conocidas medidas de renegociación histórica de la deuda externa y nacionalización de las AFJP y por otro lado las nuevas jubilaciones -y sus aumentos- y la Asignación Universal por Hijo, entre otras, como lo fue la acumulación colosal de reservas.
Ahora bien, tal cual ocurre en las investigaciones académicas más contemporáneas, que reúnen un tipo de estudio cualitativo en convergencia con lo cuantitativo, o viceversa; la gestión actual unió entonces ese poder duro con el blando y logró ejes bien definidos: el Estado con mayor control del mercado (no un control total, de eso da cuenta la inflación por ejemplo) y la redistribución por sobre la concentración, en una lucha que por cierto aún está lejísimo siquiera de ser empatada.
Para los ítems del “poder blando”, podemos encontrar la reforma de la Corte Suprema de Justicia, la sanción de la norma del matrimonio igualitario, la ley de servicios audiovisuales, la repatriación de científicos, la insistencia en disputar en la Justicia la injusticia que se vivía a raíz de lo irresuelto sobre la dictadura; logrando tener obediencia debida para sobrellevar esas tristes críticas de dejar de mirar el pasado para mirar el futuro, como si fuera posible ponerle punto final a semejante historia en un presente que aún debe vivir muchas emociones de gratificación y memoria en el tema; sin eso generar que no se mire mientras tanto, justamente, para adelante.
Sin embargo, este aquí, como en el juego de la generala, en donde de acuerdo a los números salientes se puede armar una categoría o juego con el resultado obtenido; el hecho de ganar por el 54% significa que hay otro 46% -extremadamente heterogéneo- que se debate sobre la existencia o no de un futuro verosímil.
En estas tierras, la habitual difamación hacia los políticos, sobreentendiendo esa desconfianza, deja abierto otro lapso interesantísimo para lo que viene. En ese juego de la generala, hay tiros que dan categorías completas y se los llama servidos, como es el caso de la cotización de la soja que benefició a países emergentes como Argentina, que aplicaron lentamente una cotización del dólar alto para su política industrial como caballo de frente de batalla. Pero hay otras jugadas que requieren de hasta tres lanzamientos para sumar logros y también en eso residió, parece ser, la elección del actual Ejecutivo Nacional como primera opción con más de 30 puntos de diferencia sobre la segunda alternativa.
Es que la agenda pendiente, (ley de tierras, créditos a la vivienda, integración de los sistemas de salud público y privados con las obras sociales, transporte, infraestructura vial, sistema ferroviario, trabajo en negro, control de la corrupción, subsidios) supuso en buena parte de la población que el comandante de ese barco que logró navegar zonas de tormentas perfectas será el que también conduzca a buen puerto un navío que ya conoce bien, más allá de inundaciones parciales en el casco como lo fue el conflicto por la 125 con el campo.
Y así, sin grandes miedos pero con sueños de grandezas en el horizonte, -como lo es por ejemplo bajar los índices de inseguridad con una próxima generación mejor educada que ninguna otra en la historia-; lo óptimo de la macroeconomía nacional debe dejar lugar activo a los detalles que aún faltan concretar para mantener la disconformidad social en categoría de administrable. Es que el Estado, por más superación que logre, siempre será el que centralice las decisiones y los movimientos sociales son lo que no deberán dejar de democratizarlas.
No son escasos, ciertamente, los que no comparten el análisis. Están aquellos que critican los planes de subsistencia o los beneficios de los subsidios; son esos mismos que aseguran que las personas que los reciben no se han unido a la “clase media” por ser personas que se excluyen a sí mismas. Ese consenso de que los desterrados de una década del 90 que los dejó acéfalos de toda herramienta deberían ahora tender a incorporarse “necesariamente” a la clase media, acrecienta el riesgo de castigarlos como si parecerían querer “negarse” a salir del abismo. Aunque es terriblemente cierto que la pobreza extrema no ha desaparecido de este país; es importante entender que marcar a aquellas personas que viven en ella con el supuesto “lujo” de las regalías estatales lo único que genera con seguridad es el resentimiento de otra parte de las personas que se marchitan esperando, por ejemplo, por el acceso a un crédito para una vivienda. Así, la lucha del pobre contra el pobre es solo útil al conservadurismo y, a su vez, paradójicamente constituye una victoria para unos pocos liberales.
Pues entonces, para anotar la puntuación de la próxima gestión, habrá que armar una planilla que suba por la escalera, juegue a full, cante póquer y se decida por otra generala, si es doble mejor, aunque esta última se puede obviar con acuerdo de los propios jugadores, que podrán separar los nombres de aquellos que se postulen para el otro juego venidero del 2015.
Porque como dice la bella letra de la canción Mara, de Víctor Heredia, “al final la vida tiene esa costumbre de mezclar su cubilete de tal forma, que no hay quien pueda llegar hasta la cumbre sin sufrir estrictamente algunas normas”. En ese caso, será cuestión de cambiar de manos, si fuera necesario y con mucho cuidado, pero seguir jugando al democrático juego de la generala, con buenos dados. Así, no por nada, el que asuma la responsabilidad, deberá seguir emparentado con dar respuestas.
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