
En la era de los “ismos” en la Argentina, ha nacido el peñarolismo y la tendencia dirigencial de los roblistas. Una raza teñida de locura que como tal, demostró ser más cuerda que la mayoría.
Claro que costó un largo aprendizaje que no se salvó de equívocos, tropiezos, desventuras y alegrías. Pero la coherencia se puede demostrar desde muchos costados y la convicción es uno de ellos.
Peñarol ha sido coherente con su historia y por eso está gozando de la consideración globalizada. Desde aceptar sin medias tintas las ideas de Don León Najnudel para iniciar el camino de la liga Nacional, pasando de un escenario propio con tableros de madera a reinventar una carpa de espectáculos como cancha emblemática.
En medio, reiniciar todos los torneos con (apuestas) contrataciones de renombre. Ya hemos dicho hasta el hartazgo que por su camiseta desfilaron todos con apenas alguna excepción llamada Milanesio o Espil.
Ahora, con su segundo título nacional en el final de una temporada inédita en el básquetbol argentino (campeón de América; Interligas, Súper 8 y Copa Desafío), hay algunos paralelismos que caprichosamente queremos resaltar. Aquel del 93/94 se creó después de una sucesión de fracasos que hizo desfilar algunos directivos y crear una comisión de la rara tribu “nos tiramos de cabeza”, liderada por Víctor Ochoa, después de una formación insólita de una cooperativa de los propios jugadores que viajó en micros municipales y pernoctó en casas propias y ajenas en cualquier lugar del país.
Llegados los salvadores, en vez de jugar a chance metieron las fichas a pleno. Y se coronó con el contrato del mejor jugador norteamericano que pisó suelo argentino: Wallace Bryant, porque, si había que ganar, no cabía término medio (¿O alguna vez lo hubo en Peñarol?). Y después, desde Héctor Campana para acá, el tobogán que lo devolvió a la lona.
Cualquier adulto mayor conciente, hubiera retirado las tropas, llamado a sus diplomáticos a casa y fin. Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas si anda un peñarolense dando vueltas. A la carga, con paso más lento pero seguro hasta esta exquisita realidad de hoy.
Domingo Robles y los caballeros de la mesa redonda roblista, nos acostumbraron a conferencias de prensa multitudinarias para presentar marcianos, un año y otro. Y recorrer América con chapa de favorito. Y ganar títulos que causaron terremotos, pasionales y de los verdaderos.
Ahora el peñarolismo quiere más. Y le están dando. Aún en plena vuelta olímpica ya está el equipo y han vuelto a ponerse en pie de guerra. Quieren conquistar el planeta. Están locos. Están cuerdos.
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