
Vaya si los peñarolenses festejaron este año. Fue gratamente disímil a todos los que registró su historia en materia de lauros. Porque esta temporada se dieron el lujo de celebrar de manera cuadriplicada los títulos cosechados en la ciudad.
Pero, pese a esta habitualidad con la cuál los hinchas se acostumbraron a festejar, la de ayer fue la noche más esperada. Todos los certámenes que Peñarol ganó en los últimos años han sido sumamente importantes, en materia de jerarquía, ganancia económica, de prestigio y alegría que genera el mero hecho de campeonar. Pero la Liga Nacional adjudicada anoche tiene otra magnificencia.
Era el eterno, lejano y tan palpable pero desvanecedor (en las últimas temporadas) anhelo de conseguir la gesta que únicamente se había rubricado 16 años atrás. El campeonato que faltaba para llenar el alma y corazón de todos los seguidores milrayitas. Ahora sí el júbilo fue completo. Encima en casa.
Por eso, con escasa dilación al término del quinto juego que demandó el triunfo y título para el elenco del Materno, el Monumento a San Martín fue copado por los hinchas. Que, con el paso de los minutos, la rotonda de avenida Luro y Mitre fue colmada por más de miles. Además, contó con una ambientación particular, ya que por ambas veredas de Luro se erigieron faroles de tamaño generoso sobre los postes. Con una luz azul intensa, símil a la que emiten las de neón, decoraron “bien de Peñarol” el mencionado Monumento.
Muchas banderas, algunas que poseían incluso las alegóricas al “Milrayitas” con las de Argentina, en complementaria conmemoración al Bicentenario nacional. También los bombos, las camisetas de diferentes temporadas por doquier y el canto con el poco caudal de voz que ya quedaba en la gente. Aunque, por el interminable fervor, se escuchaban desde tres cuadras de distancia.
Lo más destacable fue la multitudinaria cantidad de familias. Como el caso de Gustavo, que junto a sus hijos de cinco y ocho años respectivamente, le comentaba a este medio: “Ellos prácticamente han vivido la mejor época del club. Siempre les tocó festejar. Pero yo, debí presenciar los momentos más críticos, incluso esperar más de quince años para volver a ganar una Liga. Muy emocionado estoy.”
O el caso de Emilia, quien nos decía respecto de sus hijas de 12 y 15 años: “El único deporte que vamos a ver es el básquet. Somos de Peña a morir. No faltamos un partido. Con ellas compartimos más horas en el Polideportivo que en nuestra casa.”
Sin duda, el de anoche ha sido el festejo más ansiado.
Por Marcos Buenaventura, mbuenaventura@diarioelatlantico.com
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