Marina es argentina y visitó Chile a fines de febrero. Escritora platense, viajó por el V Congreso de la Lengua que se desarrolló en Valparaíso. Testigo presencial del terremoto, dejó su visión particular tras una experiencia personal que jamás podrá olvidar. Aquí, sus palabras.
El día viernes 26 de febrero, mientras paseaba por Valparaíso, me preguntaba cómo experimentaría esa ciudad un terremoto. Pensaba, claro, en el que la dejó de rodillas en el año 1906. Había leído acerca de eso antes de ir y, desde que a los 9 años conocí la historia del Titanic, la relación entre la naturaleza y el hombre siempre me ha asombrado e intrigado. Por eso miraba las paredes de las pequeñas y grandes casas de adobe, de chapa y de madera y, así precarias como las veía, imaginaba lo que un movimiento sísmico causaría en sus frágiles vidas costeras. Pero lo que más marcó esa mañana y esa tarde fue que percibí una energía potente e inmensa que surgía de toda la ciudad, y como yo me enamoro fácilmente de lo que libera grandes cantidades de energía, no pude evitar caer presa de ese empuje que me mostraba Valparaíso.
Empecé a escribir como loca sobre ese amor profundo que aquel lugar me inspiraba, pensaba en todos sus sitios y me creía enamorada hasta la médula. Había encontrado una ciudad para mí, un espacio en esta tierra con el cual podía conectar de verdad, genuinamente. Su energía brotaba en los cerros, en la playa, en las calles, en el centro, en los ascensores. Toda Valparaíso era un puñado poderoso de vibraciones internas que se me hacían fuertes y evidentes. Me impulsaba a recorrerla, a llenarme de energía yo misma y a seguir avanzando en sus rincones. Ya no era una simple y bella ciudad, un lugar diferente pero terrenal y de turista. Se había convertido en una semidiosa encantada, capaz de ser humana por sus formas e inmortal por su sabiduría. Era una nueva amiga, un nuevo espacio sin tiempo.
Cuando llegó la noche, me acosté temprano en mi cama del hostal porque estaba muy cansada. Los dos chicos que compartían la habitación conmigo se habían quedado charlando con otros turistas en el living. Como el día anterior había dormido muy poco, enseguida caí en el sueño pesado. Aunque no sé si fue liviano o si el temblor que sacudió la casa unas horas más tarde fue aún más pesado que mi sueño. El hecho es que me desperté con el ruido a tierra convulsa. Quizá por haber estado pensando sobre los terremotos en aquellas tierras, enseguida salí corriendo sin preguntarme sobre lo que estaba pasando. Fue como si mi cuerpo ya lo intuyera o lo supiera antes. Al levantarme para empezar a correr, pude ver que una de las paredes de la habitación comenzaba a agrietarse dividiendo su blancura en dos mitades. No tuve tiempo de pensar, pero mi cuerpo me llevó hacia el marco de la puerta de entrada y no hacia el de la habitación. Tal vez, físicamente haya intuido que si se caía la casa mejor era estar cerca de la salida. Al llegar a la puerta principal, ví que unas luces inmensas y amarillas se disparaban sobre la calle hacia todos los costados. Los postes de luz se inclinaban, sacudidos por el piso que los contenía, mientras liberaban chispas que encendían el barrio. No tenía escapatoria alguna. El temblor se hacía cada vez más fuerte. El zumbido de la tierra revuelta se escuchaba monótono e imparable. Me abandoné debajo del marco y observé aquel color amarillo de las chispas. No tuve tiempo de tener miedo. Tampoco pude evaluar que podía morir de un momento a otro. Sólo esperaba, desconcertada, la muerte.
La aceptación del final apareció ni bien había visto la luminosidad de la calle con sus cableados enredados y profusos. Había surgido mientras bajo el marco entendía que no había posibilidad alguna de enfrentarse con la naturaleza. Y allí, en ese mismo momento, sin palabras (que lo hacen todo demasiado intelectual), sin análisis ni tiempo, comprendí con mi percepción existencial que hay batallas que no podemos ganar. Si ahora puedo contar esta historia no es porque haya ganado una, sino porque la naturaleza decidió permitirme vivir. Ese instante de luz, no sólo lo fue por la liberación de un cortocircuito de color. Fue porque, de alguna u otra manera, pude, pudimos, comunicarnos con la eventualidad, con la naturaleza que decide cuándo y cómo ser, o no, inclemente. Mientras esperaba morir de alguna manera, como cosa inevitable, como decisión ajena e inalterable, sólo obedecía a un llamado que no me permitía temer ni sufrir, sólo ser paciente y aguardar lo que fuese. No es valentía porque para que haya valentía uno debe temer y poder superar el miedo. Yo no temí. Yo simplemente esperé. Fue mi cuerpo, mi esencia, la que entendió (antes que mi mente y mi intelecto) que eso era lo que había que hacer.
Horas después, con la seguidilla de réplicas molestas pero mucho más leves, mi intelecto empezó a temer. Un frío de vida y muerte me recorrió el cuerpo y no podía comprender la finitud de la vida. Pensaba y pensaba en lo que había pasado y no encontraba la luz. No encontraba ese momento de lucidez increíble que había hallado bajo el marco de la puerta del hostal. Las palabras y las sensaciones acudían a mí y yo me convertía en un pequeño ser humano atribulado por las decisiones de la naturaleza. Creo no poder volver a ese momento supremo en donde, por sólo unos minutos, pude ver claramente que la muerte es parte de la vida. Muchos dicen que ver eso es entender la existencia. Y quizá la haya entendido en ese instante corto de entrega espiritual y física, pero ahora volví a la ceguera de la vida cotidiana; a la nimiedad nebulosa del día a día. Ahora intento en vano, todo el tiempo, recuperar esa sensación de verdad y absoluto que me colmó en ese momento en el que esperé la muerte. Siento que estoy condenada a mi pequeña humanidad sin esa situación límite, y me abandono a la holgazanería de perderme en razonamientos absurdos e inquietantes que parecen no tener sentido. Uno puede afirmar que, en efecto, no tienen sentido; que la existencia carece totalmente de algún sentido terrenal. Uno puede entender profundamente, llegando al límite de la conciencia intelectual, que todo es un todo y que lo físico es sólo una parte de una gran cosa incomprensible que al no entenderla en su totalidad no podemos asignarle un sentido. Pero llegar realmente a comprender nuestras palabras es un acto incoherente en sí mismo porque las palabras no tienen la lucidez que las acerca al otro lado. Las palabras nunca se encuentran en una situación límite que las acerque, como parte del todo, a esa otra parte que conforma algo más grande que lo que conocemos. Por eso no puedo volver a esa experiencia esclarecedora. Ya volví al mundo físico y diario en el que no hay chispas de color amarillo que me iluminen. Sólo hay sombras de palabras y pensamientos. Tal vez otra especie de espera de la muerte, una más batalladora, circense, empecinada, y, sobre todo, mucho menos luminosa.
Por Marina Verónica Garritano, marinaburana@yahoo.com.ar
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